Percepciones

Vivencias, noticias globales y el mundo tecnológico

Embriagada con París

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Siete horas me separaban de ella, de su luz, su arquitectura y su historia. La ansiedad me embriaga al pensar que finalmente la conocería, que podría recorrerla y vivirla.

Durante toda la noche, mi novio y yo, recorrimos bajo agua y frío largos caminos de asfalto que unían a Lucerna de París. En ese tiempo y mientras me mantuve despierta, fui capaz de apreciar ruinas romanas, campiñas francesas y la oscuridad de la vía.

Él estuvo tras el volante -siete largas horas- para cumplir un sueño que yo quería materializar en mi primer viaje a Europa, ese primer encuentro con la cultura y la antigüedad -que tanto anhele- quedaría incompleto si no visitaba la ciudad de la luz. En la medida en que iban pasando las horas y nuestro destino se hacía más próximo mi corazón se agitaba, me sentía como una niña.

A las 6 de la mañana llegábamos a la metrópolis. Un embudo de carros nos dio la bienvenida en plena hora pico.

Al entrar a la ciudad todo lucía mágico y perfecto pero había premura. Teníamos que entregar el carro que habíamos alquilado en Sttugart, tres días atrás, y que nos había permitido viajar a Suiza y Francia provenientes de Alemania.

En medio del desconcierto de llegar por primera vez a una ciudad manejando -y tratar de visualizar la belleza que teníamos ante nuestros ojos- una inmensidad en la distancia nos mostraba que había válido la pena el recorrido.

Haber visto la torre Eiffel durante el amanecer de París fue una experiencia fantástica, salida de un cuento de hadas y hecha realidad aquel día.

En el corazón de Montparnasse nos hospedamos, en un hotel modesto pero con la vista que siempre soñé. Aquella estructura de hierro, que recuerda e identifica a la ciudad se apreciaba desde mi balcón. Sus luces blancas, amarillas y azules que parpadeaban intermitentemente durante la noche alumbraron nuestra estancia en aquel mágico lugar.

Dentro de mis planes en la ciudad estaba visitar sus principales símbolos, aquellos sitios por los que se es reconocida internacionalmente.

La extensión de metal que representa la torre Eiffel hacía que la viéramos desde todos lados, queríamos aproximarnos sin conocer los puntos cardinales, caminábamos incesantemente guiándonos por su imagen hasta que más de diez cuadras de recorrido nos hicieron entender que ese no sería el día que la conoceríamos. Ella estaría allí aguardando por nosotros.

Comer en París fue sencillo y divino, pero nada tiene que ver con la famosa alta cocina francesa. Nuestra comida era internacional, la italiana fue la que más nos apeteció y disfrutamos. La autóctona nos resultó, en su mayoría, desagradable salvo las crepes y los desayunos con croissant, chocolate caliente y mermelada.

Recorrido mágico

Con mapa en mano y grandes expectativas caminamos unas diez cuadras desde el hotel hasta el Lovre, el museo más grande y espectacular que he tenido el placer de recorrer.

Su arquitectura antigua contrasta con la tan controversial pirámide que nos recibe en su entrada. Sus cuadros y sus esculturas son embriagantes. Se respira un aura con el pasado y con la belleza.

Turistas corriendo de un lado a otro determinaron la visita, pero en los rincones, en el aislamiento observé con detenimiento a estudiantes de arte haciendo bosquejos de lo visto, recibiendo clases de expertos, instruyéndose sobre aquello que nosotros fotografiamos sin detallar a fondo.

Ir al Arco del triunfo sería el próximo paso. Durante los casi 4 kilómetros de caminata tuvimos el placer de maravillarnos con las construcciones que nos rodeaban. Caminar por la avenida de los Campos Elíseos fue fantástico, vimos el lujo y confort de la zona, las tiendas más elitescas y famosas de la moda global.

Luego de un par de días recorriendo la ciudad a pie decidimos subirnos al metro. Mi novio pensaba que yo tenía miedo de viajar en el subterráneo, la verdad no quería perderme ni por un instante la urbe, quería vivir cada cuadra, calle y edificio, descubrir sus olores, sus colores, su aire y su clima, y así fue.

Llegado el día de subir a la torre emprendimos el viaje en el metro y por descuido nos pasamos la estación. Queríamos cambiar de sentido en la próxima, pero no funciona igual que en Caracas, en donde nos bajamos solo nos permitían salir y así lo hicimos.

Aprovechamos la oportunidad para ver la zona, los edificios y en la distancia, la veíamos con todo su esplendor. Nos tomamos fotos en todas las posiciones y ángulos que pudimos con ella de fondo. Antes de llegar a su base, decenas de africanos y paquistaníes trataban de vendernos llaveros con su forma y pañoletas con su imagen.

La vista de la torre Eiffel es impresionante. Ver desde sus 330 metros a la ciudad, su estructura y sus pequeños edificios muestra una planificación y orden que quisiéramos igualar en Venezuela. Tonos claros definen su color, mientras que en la lejanía se observan edificios altos, la nueva París o zona financiera.

Alucinante fue ver la majestuosidad de la catedral de Notre Dame, el día que fuimos había una misa con importantes párrocos y miembros de la iglesia. El sitio estaba a reventar. Santos, confesionarios y muchos velones adornaban sus laterales. El estilo gótico del templo católico me fascino.

Recorrido sórdido

Dentro de los sitios que anhelaba visitar nunca me habría pasado por la mente ir a un cementerio. Sin embargo, para complacer y por curiosidad accedí a visitar el camposanto donde descansa Jim Morrison. Buscando información sobre el lugar, descubrí que en ese mismo sitio se encontraban los retos de Oscar Wilde, y comencé a entusiasmarme por esa idea .

Nunca he sido fanática de visitar estos sitios, ni por razones personales ni de turismo sórdido. Sin embargo, allá nos encontrábamos a las puertas del Cementerio de Montmartre pensando que habíamos llegado al sitio correcto.

Nos habíamos equivocado, no era el Montmartre sino el Pére-Lachaise en el barrio Rojo del Distrito Pigalle. Estando ya en el cementerio correcto, el más grande de París y uno de los más visitados en el mundo emprendimos el recorrido.

Encontrar la tumba de Morrison fue súper complicado, vueltas en vano y caminos similares nos impacientaban. Llegar fue decepcionante, tanto caminar y buscar para encontrarnos con que su lugar estaba delimitado por barandas para no acercarse demasiado, y tomar una foto junto a su nombre fue casi imposible, pero lo intentamos.

Otra cosa fue conocer la tumba de Wilde, la proximidad del público hacia ella es notoria. Labios marcados a lo largo de su lugar sepulcral dan colorido al gris característico de esas estructuras fúnebres. Besarla fue emocionante.

Lujuria y romance

Nuestra visita habría quedado incompleta sino hubiésemos visto parte de su vida nocturna. Tuvimos la oportunidad de visitar el famoso cabaret Moulin Rouge. El espectáculo estuvo impecable aunque fuera de los estándares latinoamericanos. Las mujeres, muy lindas todas, carecía de volumen, su delgadez era similar a la de una modelo, pero el atractivo allí sin duda eran sus senos descubiertos.

La puesta en escena de aquellas jóvenes fue glamorosa, con su vestuario temático y pelucas podrían superar con creces cualquier show en Broadway. Una botella de Champagne y una comida gourmet, que tenía el peor sabor que haya probado alguna vez en mi vida, fueron servidos a lo largo del espectáculo que duraría un par de horas.

El último día en la capital francesa decidimos recorrer el Sena. Un ferry blanco sería el escenario perfecto para ello, la brisa de mediados de junio nos helaba pero fue uno de los pasemos más románticos que hicimos, navegamos durante más de media hora, en la que nos despedimos, por esa vez, de la luz de esa maravillosa ciudad, donde quiero regresar y tal vez vivir.

Pasamos por aquellos lugares que la distinguen de las demás, por su historia y su brillo. Cada sitio visitado nos enriqueció y vislumbro. Durante nueve días tuvimos el placer de vivir en París como uno más, probar su comida, descubrir su historia, sentir su esencia y apreciar sus maravillas, pero aún quedan muchos sitios por descubrir.

Como bien dijo una buena amiga, París siempre te dará una excusa para regresar y a mi me sobran.

Navegación en la entrada única

3 pensamientos en “Embriagada con París

  1. Alfredo en dijo:

    Sin duda una historia real, fascinante, muy bien contada. Provoca hasta ir con ud la proxima vez.

  2. Flory Brito en dijo:

    Muy emotivo…espero sentir lo mismo al visitarla

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: